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Manifiesto sobre la Superficialidad Digital. «What you do, makes the difference. You only have to decide, what kind of difference you want to make.»

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“What you do, makes the difference.

You only have to decide, what kind of difference you want to make”

Jane Goodall

Llevaba mucho tiempo pensando en escribir sobre la vida, la naturaleza y la infancia… De hecho casi un año, desde que leí el libro de Nicolas Carr Superficiales.  Ayer tarde, mientras tenía la infinita fortuna de escuchar a uno de los seres humanos más increíbles que he visto jamás, he visto por fin los puntos de este articulo unirse casi sin pensarlo.

Ayer escuché a Jane Goodall. Su nombre describe bondad absoluta, que es lo que transmite con su simple presencia. Una mujer que desde su más tierna infancia ha luchado por sus sueños, contra viento y marea, con esfuerzo y tenacidad, audacia y perseverancia. Al verla contarnos la historia de su vida, al ver las imágenes de una bella mujer de 23 años con su madre, recorriendo la selva y desentrañando los misterios de la vida, he comprendido sobre lo que quería hablaros.

La vida de hoy no es la misma que la suya en 1934, ni la que yo viví cuando nací en 1972, ni en el año 2000 siquiera. Es cierto que muchos de nosotros residimos en ciudades, que estamos alejados de la naturaleza y que nuestra vida es cada vez más digitalPero lo que sorprende es lo mucho que nos hemos alejado de lo que realmente somos.

Rodeamos a nuestros bebés de aparatos electrónicos, casi antes de que puedan sentir, emocionarse, descubrir y por supuesto hablar. Parece que no somos conscientes de que el cerebro tiene sus tiempos y sus procesos naturales de aprendizaje que nos empeñamos en acortar, como si hubiera procesos de la naturaleza que se pudieran acelerar. Como explica brillantemente Catherine L`Écuyer en su libro Educar en el asombro, estamos sobre estimulando a los niños convirtiéndoles en seres ansiosos, impacientes e incapaces de esforzarse y desear aprender.

Mi humilde visión como madre es que no damos espacio ni tiempo a nuestros hijos para que aprendan, se equivoquen, experimenten. Queremos que vayan por delante de lo natural y lo orgánico, creyendo que correr les hará más listos y más competitivos. Pero hay unos tempos que nos estamos saltando y tienen un efecto irreversible para su mente y para su espíritu.

A medida que los niños crecen y se convierten en adolescentes, viven en un mundo de superficialidad emocional alejada del significado de la palabra esfuerzo. Parece que en Internet todo es fácil, todo vale y todo es gratis.

La red les esconde de la responsabilidad, les protege de la maldad y les aleja del esfuerzo. En paralelo y en defensa de lo digital, está mal visto imponer y la lectura y la perseverancia han desaparecido. Parece que queremos adolescentes clones, que todos estudien matemáticas, si es que estudian, porque ahora también está de moda que no se valore el conocimiento académico. Todo el mundo puede aprender solo y de manera desestructurada.

Adoramos a deportistas, pero nadie habla de las horas y meses de soledad, esfuerzo y trabajo que supone llegar a la élite y al mérito de, además, tener los pies en la tierra. Admiramos a cantantes, actores o artistas varios, en cuyo mundo lo que prima es el éxito a corto plazo, la exhibición y el dinero como fin último en demasiados casos. Y de vez en cuando tenemos la fortuna de escuchar, en una sala de 400 personas, donde no había ni 10 niños, cómo una mujer dedicó TODA su vida, cada día de su vida, a estudiar a los primates y se convirtió en la primera en observar y divulgar determinados comportamientos jamás advertidos previamente. Esto es la excepción.

Cuando nuestros hijos salen de la universidad la sociedad los convierte en los dioses de la Era Digital. Han de ser directivos, miembros de comités ejecutivos cuanto antes, pues el valor que les proporciona su edad, es algo que las empresas no pueden perder.

Hoy Jane Goodall se preguntaba: “¿Cómo es posible que el animal más inteligente del planeta sea capaz de acabar con su casa?”

Y yo pregunto: ¿Cómo es posible que el animal más inteligente del planeta, aquel que está tratando de replicar su propio cerebro, sea capaz de ponerse en peligro a sí mismo y a su propia especie?

Vivimos en un mundo donde el protagonismo de la tecnología es evidente. Un mundo que cambia a una velocidad que cada vez nos es más difícil de seguir. Queremos tener la capacidad de nuestro cerebro en un ordenador, algo que sucederá en menos de 15 años, al parecer. Pero, ¿qué estamos haciendo con nuestro propio cerebro?

Parece que la dependencia constante de las máquinas, nos hace cada vez más tontos. El cerebro es elástico, pero si no lo utilizamos, si no practicamos, si no realizamos determinadas tareas de manera repetida, a nuestro cerebro se le olvida y se vuelve incapaz de pilotar un avión, conducir un coche o, simplemente, pensar en cómo llegar de un lugar a otro sin utilizar un navegador.

Tenemos una gran responsabilidad como generación. Hemos crecido en una era diferente a la era en la que moriremos, si es que fallecemos y no simplemente envejecemos.

¿Dónde están los paseos por el campo, por el monte? ¿Las manos sucias de barro? ¿Los errores y los tachones en el papel? ¿Dónde está el rubor de decirle a alguien que te gusta mirándole a los ojos, o más bien al suelo? ¿Dónde está la dureza de decirle a alguien que le abandonas mientras le abrazas? ¿Dónde están las noches sin dormir estudiando sin parar, descubriendo qué leer, qué escribir, qué presentar? ¿Dónde están los ojos abiertos esperando que alguien mágico salga de un lugar que no sea una pantalla pequeña, mediana o inmensa? Como dice Steven Spielberg¿Dónde está la capacidad de escuchar a nuestro instinto y de descubrir los susurros de nuestros sueños?

Todo eso está aquí. Lo tenemos cada uno de nosotros. Existe y muchos aún lo disfrutamos, no lo hemos perdido. Pero dejad que os pida que, por favor, cada uno cultivemos nuestra inteligencia y trabajemos cada día nuestra capacidad de pensar. Que procuremos educar a nuestros hijos con el ejemplo de nuestro esfuerzo, de la paciencia, de nuestra imperecedera capacidad de observar, de probar y equivocarnos.

Que entre todos cultivemos a pequeños en la capacidad de asombrarse, como explica Catherine L`Écuyer. Que a nuestros adolescentes les guiemos, no sólo con conocimientos, sino en la importancia de las capacidades y de las actitudes; En capacidades para que tengan las herramientas para reinventarse, para que sean ejes de su propia vida y de la de los demás; para que encuentren lo que les hace diferentes, imprescindibles, como contaba Seth Godin en varios de sus libros; en actitudes para que sean humildes, compasivos, audaces, luchadores, valientes, perseverantes, como eran cuando aún eran niños. Toni Nadal resume muy bien las actitudes de un deportista de élite como Rafa Nadal en su libro «Todo se puede entrenar» no dejéis de leerlo.

En el mundo que vamos a vivir, todos tenemos que ser deportistas de élite. Competiremos, no contra iguales, sino contra máquinas que podrán replicar nuestros trabajo, salvo que tengamos esa chispa verdaderamente diferente. Para ello no debemos desperdiciar los talentos que la naturaleza ha puesto en nosotros y nuestra inteligencia, que es el mayor regalo

No debemos olvidar que tenemos que formar sociedades con seres completos, no superficiales. Hoy es crítico educar a profesionales con capacidades matemáticas. Es una realidad, pero no podemos olvidar la formación clásica. La historia se repite y vivimos un Renacimiento donde los médicos trabajaran con ingenieros, probablemente en el mismo hospital y utilizarán Big Data que les ayudará a hacer sus diagnóstico, algo que ya se hace desde 2012. Pero el día que eliminemos del todo la capacidad de deducción, la intuición, el pensamiento cognitivo, nosotros habremos retrocedido en nuestra evolución como especie

Y el día que pensemos que el cuidado de un robot a un enfermo en un hospital puede remplazar la voz, una mirada o una caricia de otro ser humano, es que habremos perdido en esta carrera por la evolución.

Eduquemos a nuestros niños para que encuentren herramientas para descubrir el mundo y que les ayuden a solucionar sus propios problemas. A nuestros adolescentes a no dejar de aprender para encontrar su pasión, para luchar por ella, encontrar su felicidad y construir un mundo mejor; y a cada uno de vosotros, a mí misma, que llevamos años trabajando, sigamos aprendiendo, cambiemos de actitud, transformemos, que siempre hay tiempo, para que entre todos, asegurarnos de que el mundo que dejamos atrás es mejor que el que encontramos cuando llegamos.

“Los sabios más profundos no han alcanzado nunca la gravedad que habita en los ojos de un bebé de tres meses. Es la gravedad de su asombro ante el Universo. En cada niño, todas las cosas del mundo son hechas de nuevo y el Universo se pone de nuevo a prueba.”

Chesterton

Digitalicémonos, con sentido común.